Inicio Archivo PRINCIPIOS GENERALES

PRINCIPIOS GENERALES

367
Compartir

Normal 0 false false false EN-US X-NONE X-NONE MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:”Tabla normal”; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-priority:99; mso-style-qformat:yes; mso-style-parent:””; mso-padding-alt:0in 5.4pt 0in 5.4pt; mso-para-margin-top:0in; mso-para-margin-right:0in; mso-para-margin-bottom:10.0pt; mso-para-margin-left:0in; line-height:115%; mso-pagination:widow-orphan; font-size:11.0pt; font-family:”Calibri”,”sans-serif”; mso-ascii-font-family:Calibri; mso-ascii-theme-font:minor-latin; mso-fareast-font-family:”Times New Roman”; mso-fareast-theme-font:minor-fareast; mso-hansi-font-family:Calibri; mso-hansi-theme-font:minor-latin;} 2. La urbanidad es, por lo tanto, el reconocimiento que hacemos a nuestros semejantes, de la dignidad humana de que están investidos, pues sin buenas maneras y sin recíprocas consideraciones, la vida social se convierte en un caos y los seres humanos no pueden soportarse unos a otros. 3. Las reglas de la urbanidad nos enseñan a ser metódicos y exactos en el cumplimiento de nuestros deberes sociales; a dirigir nuestra conducta de modo que a nadie causemos mortificación o disgusto; a tolerar los caprichos y debilidades de los demás; a ser atentos, afables y complacientes con todos, sacrificando, cada vez que sea necesario, nuestros propios gustos y comodidades en aras a la convivencia; a tener limpieza y compostura en nuestra persona, nuestros vestidos, nuestras habitaciones; y adquirir, en suma, aquel tacto fino y delicado que nos hace capaces de apreciar todas las circunstancias ante las cuales debemos devolver nuestra actividad en la vida social, proceder de modo que nadie sufra perjuicio y ni siquiera molestia por nuestros actos o nuestra conducta. 4. Contrariamente a lo que muchos creen, la buena educación y los buenos modales no constituye hipocresía ni son superfluos; no se oponen a esa franqueza y naturalidad que son la tendencia de nuestra época. Hay quienes creen, en efecto, que es falso y aun perjudicial cualquier norma o regla que nos inhiba para proceder con toda la autenticidad propia de nuestros instintos primarios. Otros piensan que hay algo ridículo en el cultivo de las buenas maneras. Pero ni lo uno ni lo otro es exacto, pues verdad que la exageración en esta materia, como en todo, resulta anticipativa y condenable, también lo es que el hombre nuestros días no es animal salvaje en la época de la caverna, y que la corrección en nuestros hábitos y en nuestras maneras nos ayudan a triunfar en la vida porque nos hacen más atractivos y amables ante los demás. Para poner un solo ejemplo bastará preguntarse si obtendrá los mismos resultados un joven que busca trabajo, por muy competente que fuere, si se presenta a demandarlo sucio y mal vestido, y sin afeitar, que si lo hace limpio y decorosamente ataviado. Ateniéndonos a lo puramente práctico, tendremos que admitir que no es lo mismo proceder en la vida sin consideración ni miramiento alguno a las buenas costumbres, desdeñándolas olímpicamente, que atacar sus principios. No es, pues, superfluo, ni innecesario el estudio y práctica de las reglas de urbanidad. 5. La mejor y más fácil manera de adquirir una buena educación es, desde luego, la que se obtiene en el propio hogar; pero como no todos los hombres tienen la suerte de hacer de padres bien educados, es preciso buscar en los textos, o acudir a la compañía de personas cultas, que lo hagan en su lugar, o admitir que sus principios se nos enseñen en escuelas y colegios. Y es una circunstancia muy feliz que los jóvenes deben agradecer, el que haya maestros que tomen a su cargo la no siempre fácil tarea de desbastar y pulir la rudeza de sus hábitos sociales. 6. Desarrollo lógico y natural de buenas maneras es el conjunto de sutiles y pequeñas delicadezas en esos hábitos, que constituyen como la carta de presentación para poder alternar en lo que ha dado en llamarse “la buena sociedad”. Tales delicadezas son lo que hoy en día se llaman la etiqueta y son indispensables si queremos participar en las actividades de la alta y refinada vida social. Ellas comprenden una infinita gama de detalles que tienen su momento supremo y más complejo en la manera de comportarnos en la mesa, a la hora de comer, y en presencia de otros invitados; y todavía por encima de esta categoría, existe otra parte muy esencial de la urbanidad que constituye, por así decirlo, como el pináculo más elevado de la buena educación que es lo que llamamos el protocolo, nombre que se le da oficialmente entre nosotros ceremonial que observa en las reuniones de carácter elevado y serio, y que por su solemnidad y la calidad de las personas que en ella participan, excluye todos los grados de la familiaridad y de la confianza, y exige un ceremonial de riguroso cumplimiento. Ni lo uno ni lo otros, o sea la etiqueta propiamente dicha, ni el protocolo será objeto de este manual, el cual está limitado a describir los más elementales principios de la buena educación básica. Ante todo, una persona que desea proceder con urbanidad y buenas maneras, deben comprender que las reglas para este objeto establecidas no son para cumplirlas caprichosa u ocasionalmente, cuando nos venga en gana, sino siempre absolutamente siempre, de modo que ellas vengan a constituirse como un hábito inconsciente y a formar parte natural de nuestras costumbres. Algo más sus dictados no sólo con personas extrañas son también con aquellas con quienes tenemos confianza, e incluso con nuestros íntimos y familiares, siendo desde luego entendido que, tratándose de estos, la buena educación admite cierto discreto abandono de sus estrictas reglas. 8. Lógicamente, la diferencia y mejoramiento con la que la urbanidad nos obliga a proceder en la vida, no pueden usarse de igual manera con todas las personas indistintamente. No obstante la tendencia de nuestra época hacia el igualitarismo político y social, es un hecho evidente que la naturaleza misma, y la sociedad, establecen de hecho ciertas categorías entre los hombres. La edad, el sexo, la invalides, la autoridad que ejercen en el carácter de que están invertidas, nos obligan a dar preferencia a algunas personas y a tratarlas con especial consideración, sin que ello signifique, en manera alguna, servilismo ni abyección. Según esto, todas las personas entre las cuales exijan desigualdades legítimas y racionales exigen de nosotros actos de diversa civilidad, que más adelante se irán indicando. La infracción de estas reglas, da lugar a lo que se denomina los “confianzudos” un tipo humano muy desagradable, que se permite tratar a todas las personas como si fueran sus pariguales.

Compartir
Artículo anteriorEl Aborto
Artículo siguienteDeberes para con Dios