PREDADORES

EL escritor norteamericano Paul Theroux, autor, entre otras novelas, de la divertida La costa del mosquito, y de exitosos libros de viajes, descubrió hace un tiempo que un anticuario británico ofrecía en su catálogo varios libros suyos dedicados de puño y letra a su amigo, modelo y mentor, Sir Vidia S. Naipaul.

Indignado, pidió explicaciones. Una nueva humillación lo esperaba: en vez de contestarle Naipaul en persona, lo hizo su nueva mujer, una periodista paquistaní tan bella como expeditiva, que deshaució a Theroux con unas líneas burlonas. La venganza de éste es un libro infame y entretenidísimo, Sir Vidia’s Shadow: a Friendship across Five Continents, que desaconsejo comprar, e incluso hojear en una librería, porque quien lo haga terminará leyéndolo de cabo a rabo.

Theroux conoció a Naipaul -unos diez años mayor que él- hace tres décadas, en Kenia, en la Universidad de Makerere, donde ambos trabajaban, y quedó fascinado por el talento y la personalidad del escritor indio-trinitario-inglés, a quien sus espléndidas novelas Una curva en el río y Una casa para Mr. Biswas ya habían hecho famoso. Se convirtió en su discípulo, su chofer, su mandadero, y, en premio a su devoción, Naipaul se dignaba de tanto en tanto instruirlo sobre los secretos de la genialidad literaria, y, también, a veces, como quien lanza unos cobres a un mendigo, sobre su concepción del mundo, del ser humano, del Africa y de la historia.

Estas enseñanzas debieron ser fulgurantes y quedaron grabadas con fuego en la memoria del joven aprendiz porque, treinta y dos años más tarde, las reproduce literalmente, con sus puntos y comas y ademanes acompañantes.

Ni qué decir que las opiniones de Naipaul eran impublicables, y que, en ellas, la incorrección política y la pedantería se aderezaban de supina arrogancia. A los jóvenes poetas africanos que le leían sus poemas en busca de consejo, los conminaba a cambiar de profesión, y, en algún caso, completaba el desafuero reconociendo que el catecúmeno “tenía una aceptable caligrafía”. Juez de un concurso literario, pontificó que, dado el material, sólo debía darse un tercer premio. Y, a quienes protestaron, replicó: “Ustedes dan al Africa una importancia que no se merece”.

Preguntado por su opinión sobre la literatura africana, preguntó a su vez:

“Pero ¿existe?”. No tenía escrúpulos en afirmar que, cuando los blancos partieran, el continente negro se barbarizaría, y, para irritar a los nativos, se empeñaba siempre en llamar a los países africanos por sus antiguos nombres coloniales. Y a su primera mujer, la inglesa y estoica Pat -”de lindos pechos”, dice Theroux-, la trataba con tanta dureza que en el libro la vemos, siempre, relegada al asiento trasero del automóvil, lagrimeando. Así, hasta el infinito.

De todos los escritores que conozco podría escribir un libro tan perverso como éste, porque a todos les he oído alguna vez, en la alta noche, al calor de la amistad y de las copas, en la tertulia y en las cenas rociadas de buen vino, decir barbaridades. Todos, sin excepción, se abandonan alguna vez a la exageración, la fanfarronada, el exabrupto, el chiste cruel. Era lo que hacía el querido Carlos Barral, por ejemplo, un hombre bueno y generoso como un pan, que a la segunda ginebra profería las más feroces extravagancias, los dicterios más malvados que yo he oído o leído jamás.

Despojadas del contexto, del interlocutor, del tono, el gesto, la circunstancia y el humor en que se profirieron, aquellas afirmaciones mudan de naturaleza, pierden su gracia, se vuelven viles, racistas, prejuiciosas o simplemente estúpidas. Y, como Paul Theroux es un excelente escribidor (de segundo orden), se las arregla para que su ignominioso latrocinio tenga éxito: el personaje Vidia S. Naipaul que diseña su libro es casi tan repelente como el del narrador (que es Theroux mismo).

Sir Vidia’s Shadow (La sombra de Sir Vidia) destila resentimiento y envidia en cada página, pero, aunque el lector tiene conciencia desde el principio que el autor escribe por la herida, sin pretensiones de objetividad, desahogando el dolor y la cólera por la traición de alguien que idolatró, se resiste a echar esa basura a la basura. ¿Sólo porque sucumbe a la eficiente magia con que el ofídico narrador presenta y engarza las anécdotas, las colorea y las remata?

También por eso, sin duda. Pero, sobre todo, tal vez, porque, sin proponérselo, en este testimonio de amigo y discípulo despechado y rabioso, Paul Theroux consigue mostrarnos esas cuotas de pequeñez y mezquindad, de mediocres emulaciones y sórdidas envidias, que cargan consigo inevitablemente los seres humanos, y que están siempre allí, avinagrándoles la vida, estropeándoles las relaciones con los demás, envenenándoles el alma y rebajando o impidiendo su felicidad.

Leyendo este libro, recordé de pronto un ensayo de Ortega y Gasset, acaso el mejor de los suyos, que me impresionó mucho cuando lo leí: un largo prólogo a un libro sobre la caza, del conde de Yebes. Lo que al principio parece un devaneo un tanto frívolo para que sirva de pórtico al ensayo de un aristócrata amigo, se va convirtiendo en una profunda meditación sobre el hombre ancestral, cavernario, agazapado en el seno del contemporáneo, y transpareciendo en él, a veces, en ciertos quehaceres y comportamientos, con sus instintos desbocados y su irracional urgencia predatoria. Ortega examina la relación del ser humano con la Naturaleza, la oscura y remotísima atracción que la muerte (propia y ajena, recibida o a ni justificarla).

Tenía un arreglo de cuentas con un antiguo amigo, al que quiso y admiró más que a ningún otro escritor, y por quien no fue correspondido, sino más bien vejado.

Entonces, lo mató, escribiendo este violento y desgarrado libro.

Afortunadamente, los muertos por la literatura, a diferencia de las víctimas de las cacerías, suelen gozar de buena salud. Espero que Sir Vidia S. Naipaul sobreviva a esta dosis de estricnina. Él es el mejor escritor de lengua inglesa vivo y uno de los más grandes que ha producido nuestra época. En sus novelas, ensayos, libros de viajes y memorias, que se ramifican por todo el planeta, el lector se deleita con una prosa excepcionalmente precisa e inteligente, castigada sin misericordia para eliminar en ella toda hojarasca, y con una ironía sutil, a ratos cínica, a ratos cáustica, que suele morder carne y hacer explícitas verdades que desmienten o ridiculizan las “ideas recibidas” de nuestro tiempo. No existe escribidor más incorrectamente político en el mercado literario. Nadie ha pulverizado con más sutileza y gracia en sus novelas, y con más contundencia intelectual en sus ensayos, las falacias del tercermundismo y las poses y frivolidades del “progresismo” intelectual europeo, ni demostrado más persuasivamente la demagogia, la picardía y el oportunismo que generalmente se emboscan tras esas doctrinas y actitudes. Por eso, aunque su talento haya sido reconocido por todo crítico con dos dedos de frente, suele ser universalmente detestado.

Se diría que, a este curioso hindú nacido en una islita del Caribe, que gracias a becas pudo estudiar en las ciudadelas del privilegio británico, Eton y Oxford, que resistió a la soledad y la discriminación a que en esos medios su piel oscura y su procedencia lo condenaban (estuvo a punto de suicidarse, pero no lo hizo porque no tenía monedas para hacer funcionar la llave del gas), no le molesta en absoluto esta situación, que el libro de Paul Theraux viene a apuntalar. Tal vez para defenderse contra los prejuicios y el infortunio, o por una disposición innata, ha cultivado la antipatía casi con tanto talento como la literatura. Es un maestro diciendo impertinencias y decepcionando a sus admiradores.

Yo lo invité a cenar una vez y me dijo que lo pensaría. Llamó días más tarde para averiguar quiénes serían los otros invitados. Se lo dijimos.

Pero él todavía no se decidió. Volvió a llamar por vez tercera y preguntó por mi mujer. Exigió que le describiera el menú. Después de escuchar la desconcertada descripción, dio instrucciones: él era vegetariano y comería sólo este plato (cuya receta dictó). Añadió: “Siempre bebo champagne en las comidas”. Aquella noche de la cena, esperamos su aparición presas de miedo pánico. Pero vino, bebió y comió con moderación y -¡uf!- hasta hizo algún esfuerzo para mostrarse simpático con la compañía.

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CARTAS A UN JOVEN NOVELISTA

MARIO VARGAS LLOSA

  1. Sólo quien entra en literatura como se entra en religión, dispuesto a dedicar a esa vocación su tiempo, su energía, su esfuerzo, está en condiciones de llegar a ser verdaderamente un escritor y escribir una obra que lo trascienda.
  2. No hay novelistas precoces. Todos los grandes, los admirables novelistas, fueron, al principio, escribidores aprendices cuyo talento se fue gestando a base de constancia y convicción.
  3. La literatura es lo mejor que se ha inventado para defenderse contra el infortunio.
  4. En toda ficción, aun en la de la imaginación más libérrima, es posible rastrear un punto de partida, una semilla íntima, visceralmente ligado a una suma de vivencias de quien la fraguó. Me atrevo a sostener que no hay excepciones a esta regla y que, por lo tanto, la invención químicamente pura no existe en el dominio literario.
  5. La ficción es, por definición, una impostura -una realidad que no es y sin embargo finge serlo- y toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, una creación cuyo poder de persuasión depende exclusivamente del empleo eficaz de unas técnicas de ilusionismo y prestidigitación semejantes a las de los magos de los circos o teatros.
  6. En esto consiste la autenticidad o sinceridad del novelista: en aceptar sus propios demonios y en servirlos a la medida de sus fuerzas.
  7. El novelista que no escribe sobre aquello que en su fuero recóndito lo estimula y exige, y fríamente escoge asuntos o temas de una manera racional, porque piensa que de este modo alcanzará mejor el éxito, es inauténtico y lo más probable es que, por ello, sea también un mal novelista (aunque alcance el éxito: las listas de bestsellers están llenas de muy malos novelistas).
  8. La mala novela que carece de poder de persuasión, o lo tiene muy débil, no nos convence de la verdad de la mentira que nos cuenta.
  9. La historia que cuenta una novela puede ser incoherente, pero el lenguaje que la plasma debe ser coherente para que aquella incoherencia finja exitosamente ser genuina y vivir.
  10. La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético.
  11. La literatura es puro artificio, pero la gran literatura consigue disimularlo y la mediocre lo delata.
  12. Para contar por escrito una historia, todo novelista inventa a un narrador, su representante o plenipotenciario en la ficción, él mismo una ficción, pues, como los otros personajes a los que va a contar, está hecho de palabras y sólo vive por y para esa novela.
  13. El de las novelas es un tiempo construido a partir del tiempo psicológico, no del cronológico, un tiempo subjetivo al que la artesanía del novelista da apariencia de objetividad, consiguiendo de este modo que su novela tome distancia y diferencie del mundo real.
  14. Lo importante es saber que en toda novela hay un punto de vista espacial, otro temporal y otro de nivel de realidad, y que, aunque muchas veces no sea muy notorio, los tres son esencialmente autónomos, diferentes uno de otro, y que de la manera como ellos se armonizan y combinan resulta aquella coherencia interna que es el poder de persuasión de una novela.
  15. Si un novelista, a la hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se resigna a esconder ciertos datos), la historia que cuenta no tendría principio ni fin.

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                                UNA DONCELLA

                                TIENE la edad de la Julieta de Shakespeare -catorce años- y, como ésta, una historia romántica y trágica. Es bellísima, principalmente vista de perfil. Su rostro exótico, alargado, de pómulos altos y sus ojos grandes y algo sesgados, sugieren una remota estirpe oriental. Tiene la boca abierta, como desafiando al mundo con la blancura de sus dientes perfectos, levemente salidos, que fruncen su labio superior en coqueto mohín. Su larguísima cabellera negra, recogida en dos bandas, enmarca su rostro como la toca de una novicia y se repliega luego en una trenza que baja hasta su cintura y la circunda. Se mantiene silente e inmóvil, como un personaje de teatro japonés, en sus vestiduras de finísima alpaca. Se llama Juanita. Nació hace más de quinientos años en algún lugar de los Andes y ahora vive en una urna de cristal (que, en verdad, es una computadora disimulada), en un ámbito glacial de 19°ree; bajo cero, a salvo del tacto humano y de la corrosión.

                                Detesto las momias y todas las que he visto, en museos, tumbas o colecciones particulares, me han producido siempre infinita repugnancia. Jamás he sentido la emoción que inspiran a tantos seres humanos -no sólo a los arqueólogos- esas calaveras agujereadas y trepanadas, de cuencas vacías y huesos calcinados, que testimonian sobre las civilizaciones extinguidas. A mí, me recuerdan sobre todo nuestra perecible condición y la horrenda materia en que quedaremos convertidos, si no elegimos la incineración.

                                Me resigné a visitar a Juanita, en el pequeño museo especialmente construido para ella por la Universidad Católica de Arequipa, porque a mi amigo, el pintor Fernando de Szyszlo, que tiene la pasión precolombina, le hacía ilusión. Pero fui convencido de que el espectáculo de la calavera pueril y centenaria, me revolvería las tripas. No ha sido así. Nada más verla, quedé conmovido, prendado de la belleza de Juanita, y, si no fuera por el qué dirán, me la robaría e instalaría en mi casa como dueña y señora de mi vida.

                                Su historia es tan exótica como sus delicados rasgos y su ambigua postura, que podría ser de esclava sumisa o despótica emperatriz. El antropólogo Johan Reinhard, acompañado por el guía andinista Miguel Zárate, se hallaba, el 18 de setiembre de 1995, escalando la cumbre del volcán Ampato (6,380 metros de altura), en el sur del Perú. No buscaban restos prehistóricos, sino una visión próxima de un volcán vecino, el nevado Sabancaya, que se encontraba en plena erupción. Nubes de ceniza blancuzca y ardiente llovían sobre el Ampato y habían derretido la coraza de nieve eterna de la cumbre, de la que Reinhard y Zárate se encontraban a poca distancia. De pronto, Zárate divisó entre las rocas, sobresaliendo de la nieve, una llamarada de colores: las plumas de una cofia o tocado inca. A poco de rastrear el contorno, encontraron el resto: un fardo funerario, que, por efecto de la desintegración del hielo de la cumbre, había salido a la superficie y rodado sesenta metros desde el lugar donde, cinco siglos atrás, fue enterrado. La caída no había hecho daño a Juanita (bautizada así por el nombre de pila de Reinhard, Johan); apenas, desgarrada la primera manta en que estaba envuelta. En los veintitrés años que lleva escalando montañas -ocho en el Himalaya, quince en los Andes- en pos de huellas del pasado, Johan Reinhard no había sentido nada parecido a lo que sintió aquella mañana, a seis mil metros de altura, bajo un sol ígneo cuando tuvo a aquella jovencita inca en sus brazos. Johan es un gringo simpático, que me explicó toda aquella aventura con una sobreexcitación arqueológica que (por primera vez en mi vida) encontré totalmente justificada.

                                Convencidos de que si dejaban a Juanita a la intemperie en aquellas alturas hasta regresar a buscarla con una expedición, se corría el riesgo de que fuera robada por los saqueadores de tumbas, o quedara sepultada bajo un aluvión, decidieron llevársela consigo. La relación detallada de los tres días que les tomó bajar con Juanita a cuestas las faldas del Ampato -el fardo funerario de ochenta libras de peso bien amarrado a la mochila del antropólogo- tiene todo el color y los sobresaltos de una buena película, que, sin duda, más pronto o más tarde, se hará.

                                En los dos años y pico que han corrido desde entonces, la bella Juanita se ha convertido en una celebridad internacional. Con los auspicios de la National Geographic viajó a Estados Unidos, donde fue visitada por un cuarto de millón de personas, entre ellas el presidente Clinton. Un célebre odontólogo escribió:

                                ojalá las muchachas norteamericanas tuvieran dentaduras tan blancas, sanas y completas como la de esta jovencita peruana.

                                Pasada por toda clase de máquinas de altísima tecnología en la John Hopkins University; examinada, hurgada y adivinada por ejércitos de sabios y técnicos, y, finalmente, regresada a Arequipa en esa urna-computadora especialmente construida para ella ha sido posible reconstruir, con una precisión de detalles que linda con la ciencia-ficción, casi toda la historia de Juanita.

                                Esta niña fue sacrificada al Apu (dios) Ampato, en la misma cumbre del volcán, para apaciguar su virulencia y a fin de que trajera bonanza a los asentamientos incas de la comarca. Exactamente seis horas antes de su ejecución por el sacrificador, se le dio de comer un guiso de verduras. La receta de ese menú está siendo revivida por un equipo de biólogos. No fue degollada ni asfixiada.

                                Su muerte ocurrió gracias a un certero golpe de garrote en la sien derecha. Tan perfectamente ejecutado que no debió sentir el menor dolor, me aseguró el doctor José Antonio Chávez, que co-dirigió con Reinhard una nueva expedición a los volcanes de la zona, donde encontraron las tumbas de otros dos niños, también sacrificados a la voracidad de los Apus andinos.

                                Es probable que, luego de ser elegida como víctima propiciatoria, Juanita fuera reverenciada y paseada por los Andes -tal vez llevada hasta el Cusco y presentada al Inca-, antes de subir en procesión ritual, desde el valle del Colca y seguida por llamas alhajadas, músicos y danzantes y centenares de devotos, por las empinadas faldas del Ampato, hasta las orillas del cráter, donde estaba la plataforma de los sacrificios. ¿Tuvo miedo, pánico, Juanita, en aquellos momentos finales? A juzgar por la absoluta serenidad estampada en su delicada calavera, por la tranquila arrogancia con que recibe las miradas de sus innumerables visitantes, se diría que no. Que, tal vez, aceptó con resignación y acaso regocijo, aquel trámite brutal, de pocos segundos, que la trasladaría al mundo de los dioses andinos, convertida ella misma en una diosa.

                                Fue enterrada con una vestimenta suntuosa, la cabeza tocada con un arco iris de plumas trenzadas, el cuerpo envuelto en tres capas de vestidos finísimamente tejidos en lana de alpaca, los pies enfundados en unas ligeras sandalias de cuero. Prendedores de plata, vasos burilados, un recipiente de chicha, un plato de maíz, una llamita de metal y otros objetos de culto o domésticos -rescatados intactos todos ellos- la acompañaron en su reposo de siglos, junto a la boca de aquel volcán, hasta que el accidental calentamiento del casquete glacial del Ampato, derritió las paredes que protegían su descanso y la lanzó, o poco menos, en los brazos de Johan Reinhard y Miguel Zárate.

                                Ahí está ahora, en una casita de clase media de la recoleta ciudad donde nací, iniciando una nueva etapa de su vida, que durará tal vez otros quinientos años, en una urna computadorizada, preservada de la extinción por un frío polar, y testimoniando -depende del cristal con que se la mire- sobre la riqueza ceremonial y las misteriosas creencias de una civilización ida, o sobre la infinita crueldad con que solía (y suele todavía) conjurar sus miedos la estupidez humana.

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                                EL SEXO DEBIL

                                La foto que tengo delante parece sacada de una película de horror. Muestra a seis jovencitas de Bangladesh, dos de ellas todavía niñas, con las caras destrozadas por el ácido sulfúrico. Una de ellas ha quedado ciega y oculta las cuencas vaciadas de sus ojos tras unos anteojos oscuros. No quedaron convertidas en espectros llagados por un accidente ocurrido en un laboratorio químico; son víctimas de la crueldad, la imbecilidad, la ignorancia y el fanatismo conjugados.

                                Gracias a organizaciones humanitarias han salido de su país y llegado a Valencia, donde, en el hospital Aguas Vivas, serán operadas y tratadas. Pero, basta verles las caras para saber que, no importa cuán notable sea lo que hagan por ellas cirujanos y psicólogos, la vida de estas muchachas será siempre infinitamente desgraciada. La doctora Luna Ahmend, de Dhaka, que las acompaña, explica que rociar ácido sulfúrico en las caras de las mujeres bangladesíes es una costumbre todavía difícil de erradicar en su país, donde se registran unos 250 casos cada año. Recurren a ella los maridos irritados por no haberles aportado la novia la dote pactada, o los candidatos a maridos con quienes la novia adquirida mediante negociación familiar se negó a casarse. El ácido sulfúrico se lo procuran en las gasolineras. Los victimarios rara vez son detenidos; si lo son, suelen ser absueltos gracias al soborno. Y, si son condenados, tampoco es grave, pues la multa que paga un hombre por convertir en un monstruo a una mujer es apenas de cuatro o cinco dólares. ¿Quién no estaría dispuesto a sacrificar una suma tan módica por el delicioso placer de una venganza que, además de desfigurar a la víctima, la estigmatiza socialmente?

                                Esta historia complementa bastante bien otra, que conocí anoche, por un programa de la televisión británica sobre la circuncisión femenina. Es sabido que es una práctica extendida en Africa, sobre todo en la población musulmana, aunque también, a veces, entre cristianos y panteístas. Pero yo no sabía que se practicaba en la civilizada Gran Bretaña, donde, quien maltrata a un perro o un gato va a la cárcel. No así quien mutila a una jovencita, extirpándole o cauterizándole el clítoris y cortándole los labios superiores de la vagina, siempre que tenga un título de médico-cirujano. La operación cuesta cuarenta libras esterlinas y es perfectamente legal, si se realiza a solicitud de los padres de la niña. La razón de ser del programa era un proyecto de ley en el Parlamento para criminalizar esta práctica.

                                ¿Se aprobará? Me lo pregunto, después de haber advertido la infinita cautela con que la portavoz de las organizaciones de derechos humanos que promueven la prohibición, presentaba sus argumentos. Parecía mucho más empeñada en no ofender la susceptibilidad de las familias africanas y asiáticas residentes en el Reino Unido que circuncidan a sus hijas, que en denunciar el salvajismo al que se trata de poner fin. En cambio, quien discutía con ella, no tenía el menor pudor ni escrúpulo en exigir que se respeten los derechos de las comunidades africanas y asiáticas de Gran Bretaña a preservar sus costumbres, aun cuando, como en este caso, colisionen con “los principios y valores de la cultura occidental”.

                                Era una dirigente somalí, vestida con un esplendoroso atuendo étnico -túnicas y velos multicolores-, que se expresaba con desenvoltura, en impecable inglés. No cuestionó una sola de las pavorosas estadísticas sobre la extensión y consecuencias de esta práctica en el continente africano, compiladas por las Naciones Unidas y distintas organizaciones humanitarias. Reconoció que millares de niñas mueren a causa de infecciones provocadas por la bárbara operación, que llevan a cabo, casi siempre, curanderos o brujos, sin tomar las menores precauciones higiénicas, y que muchísimas otras adolescentes quedan profundamente traumatizadas por la mutilación, que estropea para siempre su vida sexual.

                                Su inamovible línea de defensa era la soberanía cultural. ¿Ha terminado ya la era del colonialismo, sí o no? Y, si ha terminado, ¿por qué va a decidir el Occidente arrogante e imperial lo que conviene o no conviene a las mujeres africanas? ¿No tienen éstas derecho a decidir por sí mismas? En apoyo de su tesis, mostró una encuesta hecha por las autoridades de Somalia, entre la población femenina del país, preguntando si debía prohibirse la circuncisión de las niñas. El noventa por ciento respondió que no. Explicó que una costumbre tan arraigada no debe ser juzgada en abstracto, sino dentro del contexto particular de cada sociedad. En Somalia, una muchacha que llega a la edad púber y conserva sus órganos sexuales intactos es considerada una prostituta y jamás encontrará marido, de modo que, lo haya sido antes o no, terminará de todas maneras prostituyéndose. Si una gran mayoría de somalíes cree que la única manera de garantizar la virtud y la austeridad sexual de las mujeres es circuncidando a las niñas, ¿por qué tienen los países occidentales que interferir y tratar de imponer sus propios criterios en materia de sexo y moralidad?

                                Es posible que la ablación del clítoris y de los labios superiores de la vagina prive para siempre a esas jóvenes de goce sexual. Pero ¿quién dice que el goce sexual sea algo deseable y necesario para los seres humanos? Si una civilización religiosa desprecia esa visión hedonista y sensual de la existencia, ¿por qué tendrían las otras que combatirla? ¿Simplemente porque son más poderosas?

                                Además, ¿no es el goce sexual algo de la exclusiva incumbencia de la interesada y su marido? Al final de su alegato, la beligerante ideóloga hizo una concesión.

                                Dijo que en Somalia se intenta ahora, mediante campañas publicitarias, persuadir a los padres que, en vez de recurrir a practicantes y chamanes, lleven a sus hijas a circuncidarse a los dispensarios y hospitales públicos. Así, habrá menos muertes por infección en el futuro.

                                Lo fascinante de esta exposición no era lo que la expositora decía, sino, más bien, su absoluta ceguera para advertir que casi todos los testimonios del documental, ilustrando los atroces corolarios de la circuncisión femenina, que rebatían de manera flagrante su argumentación, no provenían de arrogantes colonialistas europeas, sino de mujeres africanas y asiáticas, a quienes aquella operación había afectado física y psicológicamente como las más sangrientas torturas a ciertos perseguidos políticos. En el testimonio de todas ellas -de alto o de escaso nivel cultural- había una dramática protesta contra la injusticia que les fue infligida, cuando no podían defenderse, cuando ni siquiera imaginaban que cabía, para las mujeres, una alternativa, una vida sin la mutilación sexual. ¿Eran menos africanas que ella estas somalíes, sudanesas, egipcias, libias, por haberse rebelado contra una salvaje manifestación de “cultura africana” que malogró sus vidas?

                                El multiculturalismo no es una doctrina que naciera en Africa, Asia ni América Latina. Nació lejos del Tercer Mundo, en el corazón del Occidente más próspero y civilizado, es decir, en las universidades de Estados Unidos y de Europa Occidental, y sus tesis fueron desarrolladas por filósofos, sociólogos y psicólogos a los que animaba una idea perfectamente generosa: la de que las culturas pequeñas y primitivas debían ser respetadas, que ellas tenían tanto derecho a la existencia como las grandes y modernas. Nunca pudieron sospechar la perversa utilización que se llegaría a hacer de esa idealista doctrina. Porque, si es cierto que todas las culturas tienen algo que enriquece a la especie humana, y que la coexistencia multicultural es provechosa, de ello no se desprende que todas las instituciones, costumbres y creencias de cada cultura sean dignas de igual respeto y deban gozar, por su sola existencia, de inmunidad moral. Todo es respetable en una cultura mientras no constituya una violación flagrante de los derechos humanos, es decir de esa soberanía individual que ninguna categoría colectivista -religión, nación, tradición- puede arrollar sin revelarse como inhumana e inaceptable. Este es exactamente el caso de esa tortura infligida a las niñas africanas que se llama la circuncisión. Quien la defendía anoche con tanta convicción en la pantalla pequeña no defendía la soberanía africana; defendía la barbarie, y con argumentos puestos en su cerebro por los modernos colonialistas intelectuales de su odiada cultura occidental.

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                                TRES PROLOGOS

                                Letras Libres n°7 Julio de 1999.

                                La ciudad y los perros Comencé a escribir La ciudad y los perros en el otoño de 1958, en Madrid, en una tasca de Menéndez y Pelayo llamada El Jute, que miraba al parque del Retiro, y la terminé en el invierno de 1961, en una buhardilla de París. Para inventar su historia, debí primero ser, de niño, algo de Alberto y del Jaguar, del serrano Cava y del Esclavo, cadete del Colegio Militar Leoncio Prado, miraflorino del Barrio Alegre y vecino de La Perla, en el Callao; y, de adolescente, haber leído muchos libros de aventuras, creído en la tesis de Sartre sobre la literatura comprometida, devorado las novelas de Malraux y admirado sin límites a los novelistas norteamericanos de la generación perdida, a todos, pero, más que a todos, a Faulkner. Con esas cosas está amasado el barro de mi primera novela, más algo de fantasía, ilusiones juveniles y disciplina flaubertiana.

                                El manuscrito estuvo rodando como un alma en pena de editorial en editorial hasta llegar, gracias a mi amigo el hispanista francés Claude Couffon, a las manos barcelonesas de Carlos Barral, que dirigía Seix Barral. Él lo hizo premiar con el Biblioteca Breve, conspiró para que la novela sorteara la censura franquista, la promovió y consiguió que se tradujera a muchas lenguas. Éste es el libro que más sorpresas me ha deparado y gracias al cual comencé a sentir que se hacía realidad el sueño que alentaba desde el pantalón corto: llegar a ser algún día escritor.

                                Fuschl, agosto de 1997.

                                La casa verde Me llevaron a inventar esta historia los recuerdos de una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año 1946, y la deslumbrante Amazonia de aventureros, soldados, aguarunas, huambisas y shapras, misioneros y traficantes de caucho y pieles que conocí en 1958, en un viaje de unas semanas por el Alto Marañón.

                                Pero, probablemente, la deuda mayor que contraje al escribirla fue con William Faulkner, en cuyos libros descubrí las hechicerías de la forma en la ficción, la sinfonía de puntos de vista, ambiguedades, matices, tonalidades y perspectivas de que una astuta construcción y un estilo cuidado podían dotar a una historia.

                                Escribí esta novela en París, entre 1962 y 1965, sufriendo y gozando como un lunático, en un hotelito del Barrio Latino —el Hôtel Wetter— y en una buhardilla de la rue de Tournon, que colindaba con el piso donde había vivido el gran Gérard Philipe, a quien el inquilino que me antecedió, el crítico de arte argentino Damián Bayón, oyó muchos días ensayar, horas de horas, un solo parlamento de El Cid de Corneille.

                                Londres, septiembre de 1998.

                                Conversación en la catedral Entre 1948 y 1956 gobernó el Perú una dictadura militar encabezada por el general Manuel Apolinario Odría. En esos ocho años, en una sociedad embotellada, en la que estaban prohibidos los partidos y las actividades cívicas, la prensa censurada, había numerosos presos políticos y centenares de exiliados, los peruanos de mi generación pasamos de niños a jóvenes, y de jóvenes a hombres.

                                Todavía peor que los crímenes y atropellos que el régimen cometía con impunidad era la profunda corrupción que, desde el centro del poder, irradiaba hacia todos los sectores e instituciones, envileciendo la vida entera.

                                Ese clima de cinismo, apatía, resignación y podredumbre moral del Perú del ochenio, fue la materia prima de esta novela, que recrea, con las libertades que son privilegio de la ficción, la historia política y social de aquellos años sombríos. La empecé a escribir, diez años después de padecerlos, en París, mientras leía a Tolstoi, Balzac, Flaubert y me ganaba la vida como periodista, y la continué en Lima, en las nieves de Pullman (Washington), en una callecita en forma de medialuna del Valle del Canguro, en Londres —entre clases de literatura en el Queen Mary’s College y el King’s College—, y la terminé en Puerto Rico, en 1969, luego de rehacerla varias veces. Ninguna otra novela me ha dado tanto trabajo; por eso, si tuviera que salvar del fuego una sola de las que he escrito, salvaría ésta.

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                                UNA MUERTE TAN DULCE

                                De cuatro procesos en los que fue absuelto, el Dr. Jack Kevorkian, de setenta años de edad, y que, según confesión propia, ha ayudado a morir a 130 enfermos terminales, ha sido condenado en su quinto proceso, por un tribunal del Estado norteamericano donde nació (Michigan), a una pena de entre 10 y 25 años de prisión. En señal de protesta, el Doctor Muerte, como lo bautizó la prensa, se ha declarado en huelga de hambre. Por una curiosa coincidencia, el mismo día que el Dr. Kevorkian dejaba de comer, el Estado de Michigan prohibía que las autoridades carcelarias alimentaran a la fuerza a los reclusos en huelga de hambre: deberán limitarse a explicar por escrito al huelguista las posibles consecuencias mortales de su decisión. Con impecable lógica, los abogados de Kevorkian preguntan si esta política oficial del Estado con los huelguistas de hambre no equivale a “asistir a los suicidas”, es decir a practicar el delito por el que el célebre doctor se halla entre rejas.

                                Aunque había algo tétrico y macabro en sus apariciones televisivas, en su falta de humor, en su temática unidimensional, Jack Kevorkian es un auténtico héroe de nuestro tiempo, porque su cruzada a favor de la eutanasia ha contribuido a que este tema tabú salga de las catacumbas, salte a la luz pública y sea discutido en todo el mundo. Su `cruzada’, como él la llamó, ha servido para que mucha gente abra los ojos sobre una monstruosa injusticia: que enfermos incurables, sometidos a padecimientos indecibles, que quisieran poner fin a la pesadilla que es su vida, sean obligados a seguir sufriendo por una legalidad que proclama una universal “obligación de vivir”. Se trata, por supuesto, de un atropello intolerable a la soberanía individual y una intrusión del Estado reñida con un derecho humano básico. Decidir si uno quiere o no vivir (el problema primordial de la filosofía, escribió Camus en El mito de Sísifo) es algo absolutamente personal, una elección donde la libertad del individuo debería poder ejercitarse sin coerciones y ser rigurosamente respetada, un acto, por lo demás, cuyas consecuencias sólo atañen a quien lo ejecuta.

                                De hecho ocurre así, cuando quienes toman la decisión de poner fin a sus vidas son personas que pueden valerse por sí mismas y no necesitan ser “asistidas”.

                                Esto es, quizás, lo más lamentable de la maraña de hipocresías, paradojas y prejuicios que rodean al debate sobre la eutanasia. La prohibición legal de matarse no ha impedido a un solo suicida dispararse un pistoletazo, tomar estricnina o lanzarse al vacío cuando llegó a la conclusión de que no valía la pena continuar viviendo. Y ningún suicida frustrado ha ido a la cárcel por transgredir la ley que obliga a los seres humanos a vivir. Sólo quienes no están en condiciones físicas de poder llevar a cabo su voluntad de morir -pacientes terminales reducidos a grados extremos de invalidez-, es decir a quienes más tormento físico y anímico acarrea la norma legal, se ven condenados a acatar la prohibición burocrática de morir por mano propia. Contra esta crueldad estúpida combatía desde hace tres décadas el Dr. Jack Kevorkian, a sabiendas de que tarde o temprano sería derrotado. Pero, incluso desde detrás de los barrotes, su caso sirve para demostrar que, en ciertos temas, como el de la eutanasia, la civilización occidental arrastra todavía -la culpa es de la religión, sempiterna adversaria de la libertad humana- un considerable lastre de barbarie. Porque no es menos inhumano privar de la muerte a quien lúcidamente la reclama ya que la vida se le ha vuelto un suplicio, que arrebatar la existencia a quien quiere vivir.

                                Sin embargo, pese a la ciudadela de incomprensión y de ceguera que reina todavía en torno a la eutanasia, algunos pasos se van dando en la buena dirección. Igual que en lo tocante a las drogas, los homosexuales o la integración social y política de las minorías inmigrantes, Holanda es el ejemplo más dinámico de una democracia liberal: un país que experimenta, renueva, ensaya nuevas fórmulas, y no teme jugar a fondo, en todos los órdenes sociales y culturales, la carta de la libertad.

                                Tengo siempre muy vivo en la memoria un documental televisivo holandés, que vi hace dos años, en Montecarlo, donde era jurado de un concurso de televisión.

                                Fue, de lejos, la obra que más nos impresionó, pero como el tema del documental hería frontalmente las convicciones religiosas de algunos de mis colegas, no se pudo premiarlo, sólo mencionarlo en el fallo final como un notable documento en el controvertido debate sobre la eutanasia.

                                Los personajes no eran actores, encarnaban sus propios roles. Al principio, un antiguo marino, que había administrado luego un pequeño bar en Amsterdam y vivía solo con su esposa, visitaba a su médico para comunicarle que, dado el incremento continuo de los dolores que padecía -debido a una enfermedad degenerativa incurable- había decidido acelerar su muerte. Venía a pedirle ayuda. ¿Podía prestársela? La película seguía con meticuloso detallismo todo el proceso que la legislación exigía para aquella muerte asistida. Informar a las autoridades del Ministerio de Salud de la decisión, someterse a un examen médico de otros facultativos que confirmara el diagnóstico de paciente terminal, y refrendar ante un funcionario de aquella entidad, que verificaba el buen estado de sus facultades mentales, su voluntad de morir. La muerte tiene lugar, al final, bajo la cámara filmadora, en la casa del enfermo, rodeado de su mujer y del médico que le administra la inyección letal. Durante el proceso, en todo momento, aún instantes previos al suicidio, el paciente se halla informado por su médico respecto a los avances de su enfermedad y consultado una y otra vez sobre la firmeza de su decisión. En el momento de mayor dramatismo del documental, el médico, al ponerle la última inyección, advierte al paciente que, si antes de perder el sentido, se arrepentía, podía indicárselo con el simple movimiento de un dedo, para suspender él la operación e intentar reanimarlo.

                                Como este documental, que se ha difundido en algunos países europeos y prohibido en muchos más, provocando ruidosas polémicas, fue filmado con el consentimiento de los personajes y es promovido por las asociaciones que defienden la eutanasia, se lo ha acusado de `propagandístico’, algo que sin duda es. Pero ello no le resta autenticidad ni poder de persuasión. Su gran mérito es mostrar cómo una sociedad civilizada puede ayudar a dar el paso definitivo a quien, por razones físicas y morales, ve en la muerte una forma de liberación, tomando al mismo tiempo todas las precauciones debidas para asegurarse de que ésta es una decisión genuina, tomada en perfecto estado de lucidez, con conocimiento de causa cabal de lo que ella significa. Y procurando aliviar, con ayuda de la ciencia, los traumas y desgarros del tránsito.

                                El horror a la muerte está profundamente anclado en la cultura occidental, debido sobre todo a la idea cristiana de la trascendencia y del castigo eterno que amenaza al pecador. A diferencia de lo que ocurre en ciertas culturas asiáticas, impregnadas por el budismo por ejemplo, donde la muerte aparece como una continuación de la vida, como una reencarnación en la que el ser cambia y se renueva pero no deja nunca de existir, la muerte, en Occidente, significa la pérdida absoluta de la vida -la única vida comprobable y vivible a través del propio yo-, y su sustitución por una vaga, incierta, inmaterial vida de un alma cuya naturaleza e identidad resultan siempre escurridizas e inapresables para las facultades terrenales del más convencido creyente de la trascendencia. Por eso, la decisión de poner fin a la vida es la más grave y tremenda que puede tomar un ser humano. Muchas veces se adopta en un arrebato de irracionalidad, de confusión o desvarío, y no es entonces propiamente una elección, sino, en cierta forma, un accidente. Pero ése no es nunca el caso de un enfermo terminal, quien, precisamente por el estado de indefensión extrema en que se halla y la impotencia física en que su condición lo ha puesto, tiene tiempo, perspectiva y circunstancias sobradas para decidir con serenidad, sopesando su decisión, y no de manera irreflexiva. Para esos 130 desdichados que, violando la ley, ayudó a morir, el Dr. Jack Kevorkian no fue el ángel de la muerte, sino el de la compasión y la paz.

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