Las uñas bien cuidadas son algo que revela inmediatamente la calidad e una persona. Mantenerlas bien recortadas, muy limpias y si es posible pulidas, es costumbre reveladora de una buena educación y de pulcritud en los hábitos. Ellas deben por lo tanto ser examinadas con atención al momento de vestirnos en la mañana, para hacer su limpieza hasta dejarlas perfectamente aseadas; pero con fáciles de ensuciar, habrá que observarlas a menudo durante el día para limpiarlas de nuevo, si fuere necesario.
Ahora bien, es un acto que no debe ejecutarse en público, ni mucho menos cuando hablamos con otra persona, como es frecuente. Es una buena y bella costumbre la de barnizarse las unas de las manos, y, en el caso de las mujeres, no solamente no solamente de las manos sino de los pies; pero solo es admisible en estas, pues los hombres resulta afeminado y un poco ridículo barnizarse las uñas de las manos, aunque se haga con un barniz transparente, como algunos acostumbran. Pero una mujer discreta y elegante no usará jamás lacas de colores extravagantes, por más que los fabricantes de este producto las anuncien como moda del día.
En cualquier caso, la limpieza exterior de las uñas es indispensable, pues si estas son detestables cuando están sucias sin barniz exterior, con mucha más razón los serán estando barnizadas si dejan percibir el sucio que hay debajo de ellas. Igual cuidado deben tener los fumadores empedernidos para que no se les vean los dedos y las uñas amarillentas por el abuso de la nicotina, cosa que aparece como repúgnate para los demás.
Por muy elegantes que algunos les parezca y por muy cuidadas que se hallen, las uñas no deben dejarse crecer excesivamente. La mujer que esto hace adquiere un aire de vampiresa cinematográfica que riñe con la discreción de las personas que son bien educadas; y desde luego, también lo está el dejarse crecer de modo extraordinario, como a veces sucede, las uñas del dedo pulgar o las del meñique, como si se tratara de guitarristas profesionales.
Costumbre frecuente, pero muy responsable en todos los aspectos, es la de la onicofagia o sea la manía de recostarse y aun comerse las uñas con los dientes. Con ella no sólo ofrecemos a los demás un espectáculo poco grato, sino que ponemos en peligro nuestra salud, por razones obvias, siendo la mano el vehículo transmisor de gérmenes patógenos por excelencia.
Hay siquiatras y médicos que explican o tratan de explicarse este hábito con argumentos seudocientíficos, atribuyéndolos a carencia de calcio en el organismo; a causas nerviosas, ajenas a la voluntad del onicófago; pero lo cierto es que comience las uñas y el acto ingrato para los demás y muy principal para el que adquiere este hábito, porque termina por deformarle los dedos.
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