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POR QUÉ FRACASA LA MAYORÍA DE LAS TERAPIAS MATRIMONIALES

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Si tienes o has tenido problemas en tu relación, habrás recibido un sinfín de consejos. A veces parece que todo el mundo cree conocer el secreto del amor eterno. Pero la mayoría de estas nociones, ya sean expresadas por psicólogos en la televisión o por una experta manicura en un salón de belleza, son erróneas. Muchas de estas teorías, incluso las esbozadas por teóricos con talento, han sido desacreditadas, o merecen serlo. Pero han llegado a afianzarse de tal forma en la cultura popular que las aceptamos casi sin darnos cuenta.

Tal vez el mayor mito es que la comunicación (y más concretamente, el aprender a resolver nuestros conflictos) es la receta para un matrimonio feliz, apasionado y duradero. Sea cual sea la orientación teórica de un terapeuta matrimonial, ya optemos por terapias de largo plazo, de corto plazo o una consulta radiofónica de tres minutos, el mensaje suele ser siempre el mismo: aprende a comunicarte mejor.

Es fácil comprender la popularidad de este consejo. Cuando una pareja se encuentra en conflicto (ya sea una corta discusión, una pelea a gritos o un silencio férreo), cada uno de los cónyuges está dispuesto a ganar. Cada uno se obsesiona de tal modo en lo herido que se siente, en demostrar que tiene razón y la otra persona se equivoca, o en hacer el vacío, que las líneas de comunicación quedan dañadas o totalmente interrumpidas. De modo que parece lógico que si escuchamos a nuestro cónyuge con atención y cariño, encontraremos solución a nuestros problemas y recuperaremos la relación.

La técnica más común para resolver conflictos —utilizada de una u otra manera por casi todos los terapeutas matrimoniales— se conoce como la escucha activa. Un terapeuta puede recomendarte, por ejemplo, que intentes alguna forma de intercambio emisorreceptor. Digamos que a Judy le molesta que Bob trabaje hasta tarde casi todas las noches. El terapeuta recomienda a Judy expresar sus quejas con frases que pongan de manifiesto lo que ella siente, en lugar de lanzar acusaciones a Bob. Judy dirá: «Me siento sola y agobiada quedándome en casa sola con los niños una noche tras otra mientras tú trabajas hasta tarde», en lugar de: «Eres muy egoísta quedándote a trabajar hasta tarde mientras yo tengo que cuidar sola de los niños.»

A continuación se le pide a Bob que exprese con sus palabras el contenido y los sentimientos del mensaje de Judy, y que compruebe con ella si lo ha entendido bien (esto demuestra que está escuchando de un modo activo). También debe validar los sentimientos de Judy, es decir, debe hacerle saber que los considera legítimos, que la respeta y la comprende aunque no comparta su punto de vista. Bob podría decir: «Debe de resultarte difícil cuidar de los niños tú sola mientras yo trabajo.» A Bob se le pide que no emita ningún juicio, que no intente imponer su punto de vista y que responda sin ponerse a la defensiva. «Te escucho» es una expresión clave común en la escucha activa.

Al forzar a los cónyuges a ver la perspectiva de su pareja, se espera llegar a una solución del conflicto sin ira. Este método se recomienda sea cual sea el problema en cuestión (ya se refiera a la cuenta de la compra o a grandes diferencias en objetivos vitales). La resolución de conflictos se vende no sólo como una panacea para matrimonios en crisis, sino como un tónico para evitar que una pareja comience a fallar.

¿Cuál es el origen de este método? Los pioneros de la terapia matrimonial lo adaptaron de técnicas utilizadas por el famoso psicoterapeuta Carl Rogers para psicoterapia individual. La psicoterapia rogeriana tuvo su auge en la década de los sesenta, y todavía se practica hoy en día. El método consiste en responder sin emitir juicios y con una actitud de aceptación a todos los sentimientos y pensamientos que el paciente exprese. Por ejemplo, si el paciente dice: «Odio a mi esposa. Es una bruja que no deja de incordiarme», el terapeuta asiente y responde: «Te escucho decir que tu esposa te incordia y que tú odias eso.» El objetivo es crear un entorno empático en el que el paciente confíe en su terapeuta y se sienta a salvo para explorar sus pensamientos y emociones íntimas.

Puesto que el matrimonio es, idealmente, una relación en la que las personas se sienten a salvo siendo ellas mismas, parece lógico pensar que las parejas deberían aprender a practicar esta clase de comprensión incondicional. La resolución de conflictos es ciertamente más fácil si cada uno expresa empatía por el punto de vista de la otra parte.

El problema es que no da resultado. Un estudio sobre terapia marital, realizado en Munich y dirigido por el doctor Kurt Hahlweg, puso de manifiesto que incluso después de aplicar las técnicas de escucha activa, las parejas seguían en crisis. Las pocas parejas que obtuvieron algún beneficio sufrieron una recaída al cabo de un año.

La amplia gama de terapias basadas en resolución de conflictos comparte un muy alto índice de recaídas. De hecho, la mejor terapia de esta clase, conducida por el doctor Neil Jacobson, de la Universidad de Washington, tiene un índice de éxito de sólo un 35 por ciento. En otras palabras, sus propios estudios muestran que sólo el 35 por ciento de las parejas experimentan una mejora significativa en su matrimonio como resultado de esta terapia. Un año más tarde, menos de la mitad de este grupo —es decir, un 18 por ciento de las parejas que se sometieron a la terapia— retienen los beneficios obtenidos. Consumer Reports realizó un estudio sobre las experiencias de sus lectores con todo tipo de psicoterapeutas. Los terapeutas obtuvieron en general una alta puntuación… excepto por los terapeutas matrimoniales, que obtuvieron puntuaciones muy bajas. Este muestreo no puede calificarse de investigación científica rigurosa, pero confirma lo que la mayoría de los profesionales del campo saben: a largo plazo, los métodos tradicionales de terapia matrimonial no benefician a la mayoría de las parejas.

No es difícil entender por qué la escucha activa fracasa tan a menudo. Tal vez Bob ha hecho todo lo posible por escuchar con atención las quejas de Judy. Pero él no es un terapeuta escuchando las quejas de un paciente sobre una tercera parte. La persona de la cual se queja su esposa es él mismo. Algunas personas pueden ser magnánimas ante estas críticas, pero es poco probable que tú o tu cónyuge seáis una de ellas. Incluso en la terapia rogeriana, cuando el cliente comienza a quejarse del terapeuta, el terapeuta cambia su actitud empática por algún otro método terapéutico. La escucha activa requiere que las parejas realicen gimnasia emocional de categoría olímpica cuando sus relaciones apenas pueden caminar.

Si crees que la validación y la escucha activa pueden facilitar la resolución de conflictos en tu pareja, empléala. En algunas circunstancias es un método muy apropiado. Pero ten en cuenta que aunque contribuya a que las peleas sean «mejores» o menos frecuentes, por sí solo no puede salvar tu matrimonio.

  

Incluso las parejas felizmente casadas pueden tener peleas a gritos. Las discusiones no necesariamente dañan al matrimonio.

Después de estudiar a unas 650 parejas y realizar un seguimiento de sus matrimonios durante catorce años, ahora podemos entender que este método terapéutico no funciona, no sólo porque para la mayoría de las parejas es casi imposible practicarlo bien, sino, lo que es más importante, porque la resolución de conflictos no es lo que hace funcionar un matrimonio. Uno de los descubrimientos más sorprendentes de nuestra investigación es que la mayoría de las parejas felizmente casadas rara vez practican nada semejante a la escucha activa cuando surge una crisis.

Veamos el caso de una de las parejas que hemos estudiado: Belle y Charlie. Después de más de cuarenta años de matrimonio, Belle afirmó que le gustaría no haber tenido hijos. Esto, evidentemente, fue doloroso para Charlie. A continuación tuvo lugar una conversación en la que se violaban todas las reglas de la escucha activa. En la discusión no entran ni la validación ni la empatía: ambos se lanzaron de cabeza a defender su punto de vista.

  •  CHARLIE: ¿Crees que te habría ido mejor si yo te hubiera hecho caso y no hubiéramos tenido hijos?
  • BELLE: Tener hijos fue un insulto para mí, Charlie.
  • CH.: Oye, espera un momento…
  • B.: ¡Rebajarme a ese nivel!
  • CH.: Yo no te he rebaja…
  • B.: Yo quería compartir mi vida contigo, y en vez de eso he terminado hecha una esclava.
  • CH.: Pero bueno, para el carro. A mí me parece que la cuestión de los hijos no es una cosa tan simple. Creo que hay muchos factores biológicos que no tienes en cuenta.
  • B.: Mira la cantidad de matrimonios que no han tenido hijos, y les ha ido de maravilla.
  • CH.: ¿Como quién?
  • B.: ¡Los duques de Windsor!
  • CH.: ¡Venga ya!
  • B.: ¡Él era el rey! Se casó con una mujer que valía mucho y tuvieron un matrimonio muy feliz.
  • CH.: No creo que sea un buen ejemplo. Para empezar, ella tenía cuarenta años. No es lo mismo.
  • B.: Pero nunca tuvo hijos. Y él se enamoró de ella no porque fuera a darle hijos.
  • CH.: Pero, Belle, tú sabes que existe un impulso biológico muy fuerte de tener hijos.
  • B.: Considero un insulto que pienses que estoy dominada por la biología.
  • CH.: ¡No podemos evitarlo!
  • B.: Ya. Mira, el caso es que pienso que nos lo habríamos pasado muy bien sin hijos.
  • CH.: Pues yo creo que nos lo hemos pasado muy bien con ellos también.
  • B.: La verdad es que yo no me lo he pasado tan bien.

Aunque tal vez no lo parezca, Charlie y Belle han estado felizmente casados durante más de 45 años. Ambos sostienen estar del todo satisfechos con su matrimonio y se consideran entregados el uno al otro.

Sin duda han tenido discusiones similares durante años. Pero no las terminan enfadados. Siguen discutiendo por qué Belle piensa así de la maternidad. Lo que más lamenta es no haber podido pasar más tiempo con Charlie. Desea no haber estado siempre tan cansada, tan de mal humor. Pero la pareja discute el tema con cariño, con risas. Ni el ritmo cardíaco ni la presión sanguínea indican tensión en ninguno de los dos. Lo que Belle está diciendo, en esencia, es que ama tanto a Charlie que desearía haber pasado más tiempo con él. Evidentemente, entre ellos existe algo muy positivo que domina la discusión. Sea lo que sea ese «algo positivo», es algo con lo que la terapia matrimonial, con su énfasis sobre las peleas «buenas», no puede ayudarnos a conectar.