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¿POR QUÉ SALVAR TU MATRIMONIO?

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Las estadísticas de divorcios arrojan cifras muy serias. Las posibilidades de que un primer matrimonio acabe en divorcio en un período de cuarenta años es del 67 por ciento. La mitad de los divorcios se producen durante los primeros siete años. Algunos estudios establecen que el índice de divorcios para segundos matrimonios es un 10 por ciento más alto que el de los primeros matrimonios. Las posibilidades de divorcio son tantas que todas las parejas casadas —incluyendo aquellas satisfechas con su relación— deberían hacer un esfuerzo extra para mantener sólido su matrimonio.

Una de las razones más tristes por las que un matrimonio fracasa es que ninguno de los cónyuges reconoce su valor hasta que es demasiado tarde. Sólo después de firmar los documentos, repartir los muebles y alquilar apartamentos separados se dan cuenta de lo mucho que han perdido. A menudo un buen matrimonio se da por sentado, no se valora, y no se le dedica el respeto y el cuidado que merece y necesita. Algunas personas pueden pensar que divorciarse o languidecer en una relación infeliz no es nada serio, tal vez incluso lo consideren «moderno». Pero ahora contamos con suficientes pruebas documentales para saber lo dañino que puede resultar para todas las personas implicadas.

Gracias al trabajo de investigadores como Lois Verbrugge y James House, ambos de la Universidad de Michigan, sabemos ahora que un matrimonio infeliz aumenta en un 35 por ciento las posibilidades de caer enfermo, e incluso acortar nuestra vida en un período medio de cuatro años. Por el contrario, las personas felizmente casadas viven más tiempo y disfrutan de mejor salud que las divorciadas o aquellas involucradas en una relación infeliz. Los científicos saben con seguridad que estas diferencias existen, pero todavía no sabemos exactamente por qué.

Parte de la respuesta puede ser que en un matrimonio infeliz experimentamos un estímulo fisiológico crónico y difuso. En otras palabras, nos sentimos estresados físicamente y a menudo también emocionalmente. Esto supone un desgaste extra para el cuerpo y la mente, que a su vez puede desarrollar una variedad de enfermedades físicas, incluyendo hipertensión o enfermedades coronarias, y diversos trastornos psicológicos, como ansiedad, depresión, suicidio, violencia, psicosis, homicidio o drogadicción.

No es sorprendente que las parejas felizmente casadas muestren un índice mucho más bajo en estas enfermedades. Estas parejas tienden a ser más conscientes de la salud. Los investigadores apuntan que esto se debe a que los cónyuges mantienen el uno sobre el otro regulares chequeos, cuidando de que se tomen las medicinas necesarias, se coma de forma sana, etc.

 Las personas casadas viven cuatro años más que las que no lo están.

 Recientemente descubrimos en mi laboratorio pruebas preliminares de que un buen matrimonio nos hace más sanos beneficiando directamente nuestro sistema inmunológico, que estimula las defensas del cuerpo contra la enfermedad. Hace unos diez años que los investigadores saben que el divorcio puede inhibir las funciones del sistema inmunológico. Teóricamente, al disminuir la capacidad del organismo de luchar contra invasiones de agentes externos, quedamos más vulnerables a enfermedades infecciosas y cánceres. Ahora hemos descubierto que lo contrario también es verdad: las parejas felizmente casadas no sólo evitan esta disminución de la capacidad inmunológica, sino que pueden experimentar un aumento de la misma.

Después de estudiar las respuestas inmunológicas de las cincuenta parejas que pasaron una noche en el laboratorio del amor, descubrimos una notable diferencia entre las que estaban satisfechas de su matrimonio y aquellas cuya respuesta emocional ante el cónyuge era neutral o infeliz. Utilizamos muestras de sangre de todos los sujetos para comprobar las respuestas de los glóbulos blancos, la principal arma defensiva del sistema inmunológico. En general, los hombres y mujeres felizmente casados mostraban mayor proliferación de glóbulos blancos ante una invasión de agentes externos.

Probamos también la efectividad de otros guardianes del sistema inmunológico: las células encargadas de destruir células del organismo que han sido dañadas o alteradas (como las infectadas o las cancerosas), y que limitan el crecimiento de tumores. Una vez más, los sujetos satisfechos con su matrimonio contaban con más células de esta clase.

Habrá que realizar más estudios antes de que los científicos puedan confirmar que este estímulo del sistema inmunológico es uno de los mecanismos mediante los cuales un buen matrimonio beneficia nuestra salud y aumenta la longevidad. Pero lo más importante es que sabemos que un buen matrimonio ejerce este efecto. De hecho, estoy convencido de que si los entusiastas del ejercicio dedicaran un 10 por ciento del tiempo que pasan en el gimnasio a cuidar de su matrimonio, en lugar de sus cuerpos, su salud se vería mucho más beneficiada.

Cuando un matrimonio comienza a hundirse, no son los cónyuges los únicos que sufren. Los hijos padecen igualmente. En un estudio que realicé con 63 niños en edad preescolar comprobamos que aquellos que vivían en sus hogares una gran hostilidad matrimonial sufrían elevados niveles de estrés, en comparación con los otros niños. No sabemos cuáles serán las repercusiones de este estrés, pero sí es cierto que esta indicación biológica de tensión se reflejaba en su comportamiento. Seguimos a los sujetos hasta la edad de quince años y averiguamos que entre ellos existía un mayor índice de absentismo escolar, depresión, rechazo a los compañeros, problemas de comportamiento (sobre todo agresión), malas calificaciones e incluso fracaso escolar.

Una conclusión importante derivada de estos descubrimientos es que no es sensato aguantar un mal matrimonio por el bien de los hijos. Es claramente dañino criar niños en un hogar dominado por la hostilidad entre los padres. Un divorcio pacífico es mejor que un matrimonio en guerra. Por desgracia, los divorcios rara vez son pacíficos. La mutua hostilidad entre los padres suele mantenerse después de la ruptura. Por esta razón, los hijos de divorciados arrojan resultados tan malos como los que viven bajo el fuego cruzado de un mal matrimonio.