DEBERES PARA CON NOSOTROS MISMOS, NUESTROS FAMILIARES Y NUESTROS SEMEJANTES EN GENERAL

1.    Los hombres que viven en una sociedad civilizada no lo hacen para pelear y combatir entre sí, como en los tiempos primitivos, sino para auxiliarle unos a otros, haciendo así la vida más fácil y amable para todos. Nada hay por eso que impulse tanto al bienestar y el progreso de una nación como la sociedad entre sus habitantes, y para esto son indispensables la cortesía, las buenas maneras, la tolerancia y el trato gentil entre unos ha otros.

2.    Debemos por eso tolerar, respetar y honrar y, si es posible amar en el sentido cristiano, a nuestros semejantes y con más razón a nuestros compatriotas, y proceder siempre de la misma manera como nosotros desearíamos ser tratados por ellos. En una palabra, debemos hacernos amables, para poder ser amados y que de esta manera el principio cristiano de “amaos los unos a los otros”, pueda cumplirse plenamente en la práctica diaria.

3.    Si todos somos mal educados, irrespetuosos, egoístas y, en vez de ayudar, maltratamos a nuestros semejantes sin consideración a su edad y condición, y pretendemos siempre para nosotros el primer puesto o la mejor tajada, si cedemos fácilmente a los arranques de la ira o del mal genio, o perturbarnos, sin importarnos nada la tranquilidad, el silencio, el reposo o el sueño a que los demás tienen también derecho, si injerimos, denigrarnos y humillarnos a los otros como si fuéramos los amos del mundo, no seremos dignos de vivir en una sociedad civilizada y merecemos la universal reprobación. Con hombres así la convivencia diaria se hará ingrata y amarga, cuando no francamente imposible.

4.    Desde luego, es un deber de todo hombre culto respetar y ayudar a todos sus semejantes, aunque sea en los más pequeños detalles, pero con más razón debe serlo con las personas con quienes mantienen relaciones permanentes por razones de parentesco, amistad y trabajo. Nuestros padres y abuelos, ante todo, deben ser objeto de nuestras mejores atenciones o delicadezas, pues de ellos hemos recibido el don de la vida y dependemos moral y económicamente. Los hijos no saben, con frecuencia, lo mucho que para sus padres representan el detalle de una palabra afectuosa, un pequeño presente, a veces una simple sonrisa, como contraprestación a los innumerables sacrificios que ellos se imponen a su favor. Si lo superan, mayor sería la atención que les prestarían, y el respeto con que los honrarían, incluso hasta por interés, puesto que tratándose de padres a hijos, el rendimiento es del cierto por uno. Hijos groseros e irrespetuosos con sus padres, no pueden esperar más tarde para sí mismos, otro tratamiento de los suyos.

Mas no sólo nuestros padres, son también nuestros otros familiares: hermanos, primos, sobrinos, etc., con quienes debemos ser afectuosos, galantes y generosos. Familias y por desgracia en las que reina el alejamiento y la indiferencia, donde más es lo que considera a la parentela para criticarla o incluso para difamarla, que para cultivar su amistad y tenerla como aliada en la buena o mala fortuna. Creen muchos también que con una simple visita ocasional o con una invitación a una boda, o la asistencia a un bautizo, o a un funeral, ya se ha cumplido con los deberes a que la sangre nos obliga.

Algo peor, lo más frecuente es hallar que entre una y otra rama familiar existan emulaciones entre parientes cercanos que revelan, si no mala índole, por lo menos falta de autocontrol, o lo que es lo mismo, mala educación.

Si estas emulaciones entre parientes no fueran ya, de por si, una muestra de ridiculez o de perversidad, bastará considerar, para tener tal costumbre como detestable, que ellas son el pero ingrediente para la turbación de la paz familia, y en ocasiones, hasta para el oído y las malas pasiones entre los miembros de ésta.

Familias ha habido que han caído en el deshonor o destruido la fortuna común, incluso el poder político de que gozaban, o convertidos en el hazmerreír de las demás gentes, por no haber sido capaces de resistir la tentación de emular sobrepujar a otros miembros de ella, en cuanto a gloria, a poder o riqueza.

Una discreta tolerancia en cuanto a las ostentaciones o desplantes demás parientes, será la mejor muestra que los hombres, y sobre todo las mujeres, que son las más inclinadas a la rencilla por naturaleza, puedan dar de buena educación y de su corrección moral.

Las relaciones con nuestros amigos merecen particular atención; pero cuando decimos amigos, podemos referirnos, de modo general, a aquellos con quienes mantenemos relaciones superficiales o esporádicas por circunstancias de carácter conyugal.

Con estos últimos nos obligan deberes similares  a los que nos ligan con los demás semejantes, pero, como es apenas obvio, acentuados por la aproximidad, o a veces por el mismo interés otra cosa son los amigos que pueden llamarse “amigos de verdad”, aquellos a quienes nos hemos unido por afinidad de gustos, de diversiones y a veces hasta de tristezas, y con quienes departimos a diarios, o con gran frecuencia.